Ya no creo muchas cosas. Lo que no significa que no siga creyendo EN muchas otras. Afortunadamente aprendi últimamente algunas cosas, que de cierta forma violentaron la ilusión de las cosas perfectas, hermosas y duraderas. Es probable que haya adoptado desde hace un tiempo una visión de la vida y las relaciones un tanto fatalista. Puede ser. Pero escuché alguna vez por ahí que el secreto es esperar lo mejor y prepararse para lo peor. No quiero ser la Cameron de esta serie, yendo por la vida confiando alegremente en que la gente es siempre buena, que las cosas al final siempre van a terminar bien, y que los buenos no mueren. Esas sí son ilusiones. Y me alegra haberme despejado del personaje que cruzaba los dedos antes de acostarse a dormir. Creo en la magia, pero no tanto así en los milagros. Creo en la maldad de las personas, en las malas intenciones, en el chusmerío barato y en la gente que parece ser feliz sólo destruyendo. Creo que hay gente que sólo vive para destruir. Creo que todo eso existe. Creo también en algún tipo de justicia, aunque no sé si exactamente en la justicia del hombre.
Pero creo también en la gente que hace el bien sin mirar a quien, que existen. Creo en la magia de las personas, en las personas con magia, en las miradas que sanan, y en las palabras que matan. Creo que la fe mueve montañas y que todas las mañanas son nuevas posibilidades para elegir. Creo en los cambios de perspectiva, en los cambios de vida. Creo en los cambios. Creo en las necesidades que surgen del estomago, de las dudas que nacen en el medio del caos. Creo en las transformaciones transformadoras. En el poder de un mate, de un libro y de una canción. Creo en lo autorreferencial de las letras, y en lo asombroso de los chicos.
Creo en las causalidades, en las carcajadas espontáneas, en las miradas cómplices y en los charcos de lluvia. Creo sobre todo en mis elecciones.
Sigo creyendo en muchas de las cosas en las que creía cuando todavía tenía dientes de leche, pero ahora entiendo más la realidad, e intento amoldarme a ella de la forma menos violenta posible. Creo, pero no soy idiota. No es lo mismo creer que ser una ilusa, y eso ya lo aprendí. Yo creo… y con eso basta.
Pero creo también en la gente que hace el bien sin mirar a quien, que existen. Creo en la magia de las personas, en las personas con magia, en las miradas que sanan, y en las palabras que matan. Creo que la fe mueve montañas y que todas las mañanas son nuevas posibilidades para elegir. Creo en los cambios de perspectiva, en los cambios de vida. Creo en los cambios. Creo en las necesidades que surgen del estomago, de las dudas que nacen en el medio del caos. Creo en las transformaciones transformadoras. En el poder de un mate, de un libro y de una canción. Creo en lo autorreferencial de las letras, y en lo asombroso de los chicos.
Creo en las causalidades, en las carcajadas espontáneas, en las miradas cómplices y en los charcos de lluvia. Creo sobre todo en mis elecciones.
Sigo creyendo en muchas de las cosas en las que creía cuando todavía tenía dientes de leche, pero ahora entiendo más la realidad, e intento amoldarme a ella de la forma menos violenta posible. Creo, pero no soy idiota. No es lo mismo creer que ser una ilusa, y eso ya lo aprendí. Yo creo… y con eso basta.