"Desde que me cansé de buscar, he aprendido a hallar"

25 de agosto de 2010

La forma en que me ves ♫

Gestos. Movimientos (casi imperceptibles). Miradas escondidas. Sonrisas tímidas. Sonrisas cómplices. Contacto. Movimientos calculados. SuperYo en acción. Manos abiertas. Mejillas ruborizadas. Miradas pícaras. Manos tímidas. Gestos.
Gestos cotidianos, absurdos, sin mucho sentido, prescindibles para la humanidad, automáticos a veces, rutinarios, convencionales, habituales, insignificantes. Gestos a los que uno se hace adicto tantas veces. Como aquellas pequeñas cosas que uno extraña con el alma sólo cuando ya no están. Pequeños instantes de la vida, fugaces segundos en los que el mundo se detiene, y muchas veces ni siquiera somos capaes de notarlo. Esos gestos, esas cosas. Como la forma en que me ves, sonriendo de esa forma tan particular cada vez que nos cruzamos. Extraña mezcla de sensaciones en un solo segundo, o dos. Los cuerpos acercándose preparando el saludo, y yo simplemente puedo ver esa sonrisa, esa mirada que no se sabe bien si habla de ternura o de complicidad, esos pocitos al sonreír. Y mi SuperYo gritándome al oído cada vez más fuerte, reprimiendo cada tímido intento por romper los diques. Y mi Ello que cada vez se hace más fuerte, más grande, más pesado, luchando por salir intensamente...
Algún día me vas a cruzar inconsciente y desbocada. Algún día voy a desbordar, romper los diques, saltar las barreras... y voy a caer. Justo justo ahí, a la izquierda de tu sonrisa. 


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De fondo suena: La forma en que me ves, de Zumbadores ♫

19 de agosto de 2010

Circularidades

Casi siempre yo llego primero, y entonces toco timbre y ahí me quedó, quietita, esperando.
Él llega un par de minutos después. Camina con la mirada hacia el piso hasta que sus pies llegan al umbral. Ahí levanta entonces la mirada y siempre igual, me sonríe, me saluda y me pregunta: "tocaste ya?". Sonrío y les respondo que sí, cómplice. Automáticamente después prende un pucho, acomododa su espalda contra la pared de la entrada, y así se queda. Dos, tres, cuatro, diez minutos, hasta que por fin alguien baja a abrir. Siempre me pareció triste. Antes, ni siquiera sonreía. Ni saludaba. Con el tiempo, el saludo y la pregunta de rigor se convirtieron en un ritual pactado para cada miércoles. No hay más interacción que esa, no hay más diálogo, y tampoco hay más miradas. Cada uno permanece esos minutos en su limbo interno, pensando vaya uno a saber en qué cosas. Y yo ayer pensaba... me preguntaba en realidad: cómo se llama? Tiene cara de Sergio. Trato de imaginar dónde trabaja, en qué trabaja.. si es casado, si tiene hijos...y qué hace acá, parado mirando al vacío existencial de nuestras vidas en una esquina tan poco pintoresca, tan sucia, tan común sin embargo. Y me encuentro armando hipótesis incomprobables cuando de repente escucho el típico ruidito de las llaves que vienen a abrirme. Entro, siempre yo primero. Saludo y subo, y él me sigue detrás. No hay despedidas. Simplemente subo y entro al departamento sin mirar hacia atrás. Hasta el próximo miércoles.