Casi siempre yo llego primero, y entonces toco timbre y ahí me quedó, quietita, esperando.
Él llega un par de minutos después. Camina con la mirada hacia el piso hasta que sus pies llegan al umbral. Ahí levanta entonces la mirada y siempre igual, me sonríe, me saluda y me pregunta: "tocaste ya?". Sonrío y les respondo que sí, cómplice. Automáticamente después prende un pucho, acomododa su espalda contra la pared de la entrada, y así se queda. Dos, tres, cuatro, diez minutos, hasta que por fin alguien baja a abrir. Siempre me pareció triste. Antes, ni siquiera sonreía. Ni saludaba. Con el tiempo, el saludo y la pregunta de rigor se convirtieron en un ritual pactado para cada miércoles. No hay más interacción que esa, no hay más diálogo, y tampoco hay más miradas. Cada uno permanece esos minutos en su limbo interno, pensando vaya uno a saber en qué cosas. Y yo ayer pensaba... me preguntaba en realidad: cómo se llama? Tiene cara de Sergio. Trato de imaginar dónde trabaja, en qué trabaja.. si es casado, si tiene hijos...y qué hace acá, parado mirando al vacío existencial de nuestras vidas en una esquina tan poco pintoresca, tan sucia, tan común sin embargo. Y me encuentro armando hipótesis incomprobables cuando de repente escucho el típico ruidito de las llaves que vienen a abrirme. Entro, siempre yo primero. Saludo y subo, y él me sigue detrás. No hay despedidas. Simplemente subo y entro al departamento sin mirar hacia atrás. Hasta el próximo miércoles.
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