"Desde que me cansé de buscar, he aprendido a hallar"

12 de enero de 2010

A ver qué pasa

No quiero creer que realmente en algún punto que no conocemos nunca de antemano, las cosas comienzan a desvanecerse. Me parece estúpido y cruel tener que vivir sabiendo que –aunque no la conozcamos con exactitud – todo en definitiva tiene fecha de vencimiento. Por qué? Con qué necesidad?. Aunque sea infantil, inocente, naif, idiota… pero quién puede negar que esa ilusiones nos mantuvieron despiertos más de una vez? Suficiente carga nos resulta ya la certeza de nuestra propia muerte, como para encima condenarnos a la tortura de la espera constante por la muerte de las cosas, las relaciones, las sensaciones y las vivencias de todos los días. Es cierto que todo en algún momento termina. Y como humanos somos más que conscientes de ello. Pero que perdemos con creer que quizás, alguna vez, en algún aspecto de nuestras vidas... la eternidad puede hacerse presente, fugazmente, caprichosamente, inesperadamente, aunque más no sea por un rato? Si así no fuera, si supiéramos que nada va a durar, que nada va a funcionar, que nada finalmente va a resultar… para qué intentar? Para qué embarcarnos en empresas riesgosas y con pocas garantías si finalmente, aunque por un tiempo funcione, caducará? No sé… no me gusta cargar con la bandera fatalista del final preestablecido de las cosas. Acaso la vida no vale la pena ser vivida en toda su amplitud, aún sabiendo que tarde o temprano terminará? Por qué no aplicar esa misma filosofía al resto de las cosas entonces? Por qué no despertarnos cada día creyendo que cada experiencia vale realmente la pena, que nos hacen crecer, que nos permiten ser, que nos habilitan puertas y ventanas, que nos abren perspectivas, que nos llenan de ganas de más? Amo profundamente el olor de los jazmines… valdría la pena privarme de despertar cada día con su perfume sólo por saber que no vivirán más que unos cuantos días? Me basta con saber que sin eso, tal vez todos mis días hubieran sido distintos, porque hubiera despertado rodeada de otras tantas cosas, que me hacen menos feliz.
Durante años de mi vida gasté miles de minutos planeando cada momento por venir. No podía concebir mi vida si ésta no estaba enmarcada dentro de ciertos parámetros temporarios. Todo tenía plazos, tiempos de duración, fechas tope. Todo fríamente calculado. Nunca nada de eso resultó. Año tras año quemando en diciembre las agendas mentales de metas potenciales que nunca llegaron a concretarse. Me di cuenta que no era una forma real de vivir. Que no funcionaba. Al menos no funcionaba para mí. Hoy me permito despertar sin saber que va a ser de mi día, ni de mi semana, ni de mi año! Hoy dejo que las cosas pasen, y que me sorprendan de la mejor manera. O de la peor, pero que me sorprendan. Ya no quiero planificar nada más que lo estrictamente necesario. Leí más de una vez que las mejores cosas suceden cuando menos las esperas, y que la vida es eso que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes. No quiero hacer más planes. Quiero estar ahí, en la vida misma, sintiéndola de todas las maneras posibles. Quiero salir a caminar en febrero debajo de la lluvia, sin estar tan preocupada por la gripe que seguramente después vendrá. Quiero permitirme ir a trabajar sin dormir, sabiendo que seguramente tenía cosas más importantes e interesantes para hacer… total, ya tendremos tiempo de dormir después!. Quiero enamorarme y dejar “que el amor me mate (un poquito)”, sin estar tan pendiente de los riesgos que corro, ni de las cicatrices que ya porto. Quiero ser, como soy, como me gusta ser, como me sale ser… sin estar pensando en aquellas cualidades propias que no pueden caer tan bien. No me interesa que la gente me diga que es imposible, o que no es la mejor opción, ni siquiera quiero escucharme a mi misma diciéndome al oído que estoy arriesgándome demasiado. Por algo lo decidí. Quiero poder confiar un poco más en esa primera intuición, la que me lleva a hacer las cosas espontáneamente, caprichosamente, inexplicablemente. Esos impulsos poco racionales que me llevan a mantener conversaciones telefónicas de 6 horas a la madrugada, o a pasar toda la noche frente al río para después ir a trabajar arruinada pero feliz. Puedo equivocarme, y eso está en las reglas del juego, pero al menos hasta el momento el no-pensar me ha llevado a vivir muchos de los momentos más felices y memorables de mi vida. Creo que todavía vale la pena seguir arriesgando. Y a ver que pasa…