"Desde que me cansé de buscar, he aprendido a hallar"

5 de octubre de 2009

Aquello fue una linda primavera ♫

Diez años después. Cuánto tiempo, no? Aunque para el tango 20 años no sean nada, 10 en mi vida son muchos, sobretodo cuando en ese lapso transcurrió mi adolescencia, toda mi secundaria, la facultad, los amores… Creo que no me acuerdo cómo era yo hace exactamente diez años. O al menos no me acordaba. Pero…. Diez años después te vuelvo a encontrar, y los recuerdos surgen como cataratas de jazmines que lo perfuman todo. Un poco más de 13 años…toda la vida por estrenar.

La vida transcurría entre los recreos, las reuniones con las chicas para hablar de los chicos (todos ellos) y el tiempo que pasábamos en el kiosquito de enfrente. Tardes enteras sentados en la puerta del kiosquito haciendo absolutamente nada, sólo estando, siendo parte, aglutinándonos, masificándonos, encontrándonos. Todas las emociones estaban aún por estrenarse. Todos los principios estaban ahí, en esa época. Nos enamorábamos todos los días de un chico distinto, o de varios a la vez. Siempre había algo que chusmear. Los pibes de 5º año eran como semidioses a los que debíamos rendirles culto, porque además eran hermosos! Hombres hechos y derechos (de 17 años!!! Jajaja), que jamás prestarían atención a estas recién llegadas púberes que se ponían coloradas sólo de verlos pasar.

Todavía recuerdo que una de las chicas del que en ese momento era “el grupo” coleccionaba latitas de gaseosa vacías, boletos, papeles de caramelos o todo aquello que su semi-dios de 3º año fuera dejando a su paso. Y ni hablar si al destapar una gaseosa le salía sorprendentemente la inicial del muchacho en cuestión! Los planetas se alineaban, los astros jugaban todos a nuestro favor, las pruebas se suspendían y la chapita pasaba a ser considerada casi como un santo grial.

El mundo era nuevo, y recién lo estábamos estrenando. No dejábamos de ser nenes, pero queríamos jugar los juegos de los grandes.

Teníamos todavía el corazón libre de cicatrices, las espaldas libres de culpas y las mochilas aún vacías. Teníamos todo el mundo a nuestros pies, los cuadernos en blanco, la inocencia casi intacta (casi!). No teníamos miedo de nada, y lo queríamos todo. Todo era urgente, todo era de vida o muerte.

Y en ese frenético fluir adolescente, en el momento exacto en que nacían los jazmines y la primavera se hacía sentir, un chico me esperaba con la carpeta bajo el brazo a la salida de gimnasia. Y yo… me enamoré. De sus payasadas continuas, de su risa, de lo despreocupado. De las tardes al pedo tirados en alguna calle hablando de ¿nada?, de todo!, de las cosas que nos contábamos, de cómo me hacía reír. Me perseguía por todo el patio con un marcador para dibujarme caritas en los brazos, o con una botella de agua por todo el polideportivo para empaparme y que yo me vengara. Teníamos 13 años! Y así éramos felices…pelotudeces de pendejos que no puedo dejar de ver hoy a través de una infinita ternura. Esa ternura que me hace emocionar y sonreír cuando, diez años después, vuelvo a reírme al recordar cada una de estas cosas. Era el amor de mi vida (claro, todo bien al extremo), pero el año terminó, se fue del colegio, y yo no sabía el teléfono, ni donde vivía, ni había celulares o msn. Así que lo perdí.

Al año siguiente apareció un par de veces por el colegio, y yo me moría, claro... Después dejé de verlo.

Pasaron diez años, y siempre lo recordé. Nuestro idilio no debe haber durado más de 15, 20 días como mucho, pero yo era tan feliz!

Diez años sin saber nada de vos, hasta que la vida, la casualidad, el facebook o un capricho de los astros nos vuelve a juntar, diez años después.


Quién pudiera tener 13 años otra vez!!




♫♪♫♪♫


Si 10 años después

te vuelvo a encontrar

en algún lugar

no te olvides que soy

distinto de aquel

pero casi igual.



♫♪♫♪♫